Natalie dejó de escribir, sus lágrimas mojaron la parte inferior de las hojas; se puso de pie, miró por la ventana hacia el cielo, hacia la luna, hacia la noche.
-Dios- dijo sollozando-si alguna vez he sido buena, dime que soy por favor; dime si existo.
Se recostó sobre la cama, estaba confundida, si había muerto ¿por qué vivía?
Sin previo aviso se durmió en un profundo sueño nocturno.
Soñó que era libre y que lo buscaba y que los dos envejecían siempre juntos.
Soñó que era una noche, también que era la luna; soñó que era una lágrima que caía en el mar. Soñó que era el desierto, también que era la sed, que era un ave, un recuerdo, que era la pena, el amor, un sueño, el juguete de una niña que era ella, la risa de una anciana que no existía, un mundo, un todo, una nada y un infinito.
Soñó que alguien le hablaba desde un lugar desconocido:
-Óyeme Natalie, no llores...
-Pero no existo...he muerto, pero sigo viva...
-Sí que existes, vas a escuchar las palabras de San Miguel tal cómo las imaginara Guy De Maupassant en su relato "Le Horle":
"¿Has pensado que sólo ves la cienmilésima parte de lo que existe? Considera por ejemplo el viento, que es la más grande de las fuerzas de la naturaleza. Derriba a los hombres, destruye casas, arranca los árboles de raíz; agita los mares formando olas gigantescas que azotan los acantilados y lanzan los barcos contra los peñascos.
El viento silba, ruge, brama; incluso mata, a veces. ¿Lo has visto?
Sin embargo existe."
Natalie sonrió dentro de su sueño.
Miguel Morata