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sábado, 28 de abril de 2018

Murió sin nombre

El colectivo chocó, se prendió fuego y murieron todos los pasajeros. Ocurrió a las 16 hs sobre la ruta 3 en el kilómetro 29.
Ella subió diez minutos antes...
Había perdido las llaves.Las buscó desesperadamente. La encontró tirada en el piso junto al puesto que vende garrapiñada. Si hubiera tardado un poco más hubiera salvado su vida.
Sacó el boleto con la sube.
Mientras caminaba hacia la parte de atrás del colectivo comenzó a sentir pesadez y olor a azufre. Ella se dio cuenta que algo no funcionaba bien. No era como todos los días...
Miraba a la gente que estaba ajena a esas sensaciones.
Iba a buscar a su hijo de siete años a la casa de su mamá.
El colectivo chocó, no sé con que, en forma vieolenta.
Comenzó a prenderse fuego...
Gritos desgarradores...la gente sufría...lloraba...
Ella intentó salir por una ventanilla que no se pudo abrir en forma completa.
Cuando la abrazó el fuego, no sé porque pero pensó en las llaves...
No se sabe su nombre...la sube no estaba registrada...
Murió sin nombre...
Quedó calcinada...
Yo salí caminando, no me detuve. Mi compañera me esperaba debajo del puente. Nos tomamos el otro colectivo, teníamos que ir a buscar a una señora que estaba cuidando a su nieto...

© Miguel Angel Morata

sábado, 21 de abril de 2018

¡Volvió!

Bajé del colectivo sobre ruta 3 en Isidro Casanova. La noche estaba más oscura que de costumbre.
Tuve que caminar dos cuadras para cruzar el puente peatonal...
A esa hora había poca gente en la calle. Un par de estudiantes que caminaban rápido escapando del frío...un par de fisuras tirados en una esquina...un malandra  buscando a alguien a quien afanar...

Yo caminaba hacia el puente preguntándome porque motivo recibí esa invitación por mail ¿Se habrán equivocado? 

Absorbido por mis pensamientos miré casualmente a una mujer mayor que estaba parada sobre la colectora. Me miraba fijamente, levantó la mano derecha y con el dedo índice señalaba el puente peatonal y movía la cabeza hacia ambos lados diciéndome: "NO..".(Claramente me decía que no vaya hacia allí).
Le resté importancia, pero cuando estaba por subir al puente algo me llamó la atención provocándome angustia e inquietud. Desde dentro del colectivo 88 que se detuvo en el semáforo un hombre gritaba detrás de la ventanilla...gritaba desesperado señalando el puente, hacía muecas indicándome que no valla hacia allí. Lo curioso es que sus movimientos eran lentos...
La gente que estaban en ese colectivo no lo miraban...él me gritaba desde ahí dentro...hacía señas, muecas desgarradoras, grotescas...
Se me puso la piel de gallina...
¿Enloquecieron todos en este lugar?, pensé.
La luz verde hizo que el colectivo avanzara sobre la ruta y el señor se fue perdiendo...

Comencé a subir hacia el puente y alguien me susurró que no lo hiciera...
Me di vuelta, pero no había nadie detrás de mí...

Tuve que subir...


©Miguel Angel Morata

domingo, 1 de abril de 2018

La cantina

Ya no queda nadie...
La cantina esta vacía
Las mujeres y los imbéciles ya no están, ellos sobran.
Estoy  yo y faltas vos.
Y los recuerdos que se duermen.
Cierran los ojos.
¡Apurate!
Abrió la puerta hasta que llegues.
Hay un micrófono y una guitarra para vos.
La cantina está abierta y somos los únicos invitados.

Estoy yo y faltas vos.
Y los recuerdos que se duermen, que se duermen, cierran los ojos.

Te espero...

sábado, 17 de marzo de 2018

El paraguas de Mc Tirman

Fui al hospital para ver a una amiga que estaba internada.
Cuando me estaba yendo veo apoyado sobre la escalera en planta baja junto a una camilla un paraguas.

Hermoso y reluciente.

Me pareció extraño verlo abandonado en ese lugar.

"Nadie lo va a extrañar si me lo llevo." pensé.

Cuando llegué a mi casa lo dejé detrás de la puerta de calle.

Nunca lo imaginé.
No lo sabía.

Eran las tres de la mañana que unos golpes de dedos tamboriliando sobre la mesa me despertaron.

Encendí la luz, me levanté y sigilosamente me asomé al comedor para poder ver quién estaba.

Pero yo vivo solo.

"Habrá sido una pesadilla", pensé.
Cuando me di cuenta el paraguas estaba sobre la biblioteca.

"Lo habré dejado en ese lugar y lo olvidé."

A la noche siguiente, a las tres de la mañana alguien tiraba de mis sábanas.

Se me puso la piel de gallina, cerré los ojos con terror y ahí fue cuando escuché esa voz potente que retumbó como un trueno en la habitación.

"EL PARAGUAS ES MÍO"

Volví al hospital y dejé el paraguas donde lo había encontrado.
En el mismo lugar.

Miré confundido hacia todos lados y me acerqué a una enfermera.

"Perdón, le hago una pregunta ¿De quién es ese paraguas?"

La enfermera me miró, dudó.

"Ese paraguas hace mucho años que está ahí, le pertenecía a un paciente que falleció.

Varias veces se lo han llevado, inclusive compañeros mios, pero lo regresan espantados, nadie lo toca, nadie lo bota.

Yo no lo toco, no lo miro, le pertenece a Mc Tirman."

Miguel Angel Morata

jueves, 15 de marzo de 2018

Al Chinatown

Mediodía soleado.
Caminaba hacia el Chinatown.
Un gordo en la puerta de su casa pedorra golpeaba a su perro, un perrito chiquito que parece que se le escapaba.
Comenzó a soplar el viento sobre esa calle polvorosa.
El sol se puso insoportable.

"-Perro de mierda ¿Que te dije?
Haceme caso, ¿no sabes quién soy yo?"
Mientras caminaba hacia el Chinatown y la tierra me envolvía lo escuchaba, lo miré. Era muy violento.
El perro lloraba.

Para colmo apareció una renga que sería la esposa del feo y le pegó una patada al perrito...

"Perro de mierda ¿No sabés quién soy yo?"
Pregunta mía: "¿Quién sos?"
"En unos días vas a sentirte vulnerable."

¡Shit!

No pude con mi genio.
No me metí, no les dije nada.
Eran muy bestias, hubiera sido como explicar a un golfo a armar un tetris.

Día uno.
Día dos.
Día tres.
Día cuatro.
Y así.

Hoy el cachorro está con una familia que le da amor.
Está vacunado.
Come todos los días.
Nadie ejerce violencia sobre él.

Cuando voy al Chinatown los y veo a veces me miran.

Obviamente no me preguntan nada, no me conocen.

Shhh, ¿Quién sabe?

Miguel Angel Morata

miércoles, 14 de marzo de 2018

Él no sabe que va a morir

CAPITULO UNO
                                             
Él no lo sabe, pero dentro de una hora va a morir. Son las 18 hs y Hugo Herrera está llegando a su casa, camina las 17 cuadras de la escuela secundaria donde está cursando quinto año.
Camina junto a su novia Alejandra Montiel, está muy entusiasmado porque se inscribió en la facultad para estudiar veterinaria, y además contento porque su mamá también es feliz sabiendo que a su hijo le va a ir bien.
María es una buena mujer, después de la muerte de su marido, quedó muy deprimida y esto es una apuesta al futuro, en realidad Hugo es su apuesta a seguir viviendo; si algo le pasara, pensó una vez, ella moriría.
Su vida siempre fue muy difícil, ella es huérfana, sus padres murieron en un accidente de tránsito cuando tenía 5 años, su tía la adoptó recibiendo maltratos de parte de ella y abusos sexuales de parte de su tío. A los diecisiete se casó con Raúl y tuvo su primer hijo dos años después, quien viviría solamente 7 años  muriendo ahogado en una pileta. Nunca se recuperó de la muerte de Nicolás, pero su apuesta al futuro fue cuando nació Hugo, con él volvió a vivir.
Ella está preparando la merienda, calentando la leche y haciendo unas tostadas, sabe que Alejandra va a visitarla, y es una chica que a ella le gusta mucho.
   
Son las 18 y 30 hs., dentro de media hora Hugo va a morir, y la vida de ellos cambiará para siempre.
   
María le dió de comer a coco, el perrito de su hijo, él lo recogió de la calle, era un cachorrito recién nacido, le tuvieron que dar la mamadera, al principio ella no quería, pero se encariñó y recordó que a Hugo le gustan los animales y que va a ser veterinario, pero se equivoca, son las 18 y 45 hs, cuando Hugo y Alejandra crucen la calle un camión se quedará sin frenos, Hugo resignado verá al camión de frente sin llegar a reaccionar, Alejandra se tirará a un costado salvando de esa forma su vida.
    
A María le dirán que Hugo no sufrió, le mentirán que murió en el acto, lo velarán a cajón cerrado.

Hugo quedó varios minutos vivo, sus ojos buscaron a Alejandra, ella corrió hacia donde estaba él, la miró, trató de mover su mano hacia donde estaba ella, cuando Alejandra llegó Hugo ya había muerto. Un hombre que pasaba por allí tomó de los hombros a Alejandra y con fuerza la abrazó para que ella no viera los restos de su novio desparramados por la calle.

María estaba rezongando porque la leche se enfriaba, prendió la televisión y se limitó a esperar hasta que sonó el timbre, se levantó de su sillón para abrir la puerta. Cuando la abrió no había nadie, solo sintió una leve y muy cálida brisa, casi imperceptible, que atravesó su cuerpo y entró a la casa. Ella no necesitaba que nadie le avisara, sus ojos se llenaron de lágrimas, María sabía lo que había ocurrido, porque una madre cuando ama profundamente siempre es capaz de reconocer el alma de su hijo en una suave y casi imperceptible brisa de primavera.

“María murió cinco años después, no pudo superar la muerte de Hugo; los médicos dicen que murió de una enfermedad rara, ella murió de tristeza, yo lo sé.
Alejandra con el tiempo rehízo su vida, a María la visitó durante el primer año, después  Darío, su nuevo novio, le prohibió que la frecuentara.
Darío se separó de Alejandra luego de dos años de noviazgo. Se casó con una mujer a la que amó profundamente, tuvo una vida feliz y murió a los ochenta y un años rodeado de sus nietos e hijos.

Alejandra hoy está sola, y morirá dentro de cinco años, a los veintitrés: se pegará un tiro en la cabeza.”

Y yo estoy aquí esperándolos a todos ustedes, ese es mi trabajo.
                                                                                                                                                                          
       La Muerte
(Firma manuscrita)

© Miguel Angel Morata

sábado, 24 de febrero de 2018

La luna y yo

Cuando era chico y me acostaba de noche para dormir mi abuela venía a darme un beso en la frente de las buenas noches.
Una noche dejé entrar a la luna que veía asomarse a través de las cortinas de la ventana. 

¡No, no la iba a dejar afuera!

Me paraba sobre la cama y corría las cortinas. Y la miraba...la miraba...y dormia con su luz. Yo además de mi familia también me crié con Salgari, E.A.Poe, Dostoyevsky, Cortázar entre otros. Así que, deslumbrado, miraba la luna creando historias que nunca  iba a escribir.

Con el tiempo la casa se hizo más grande y ya no estaban ni mis padres ni mis hermanos ni mi abuela. Al crecer la ciudad se convirtió en una furia. Pero no importa la edad que tengas a veces, solo a veces, rememorás ese tiempo cuando tu familia estaba a tu altededor.

Hoy la luna sigue visitándome. La veo asomarse tímidamente, cree que al crecer me he olvidado de ella...

¡No, no la voy a dejar afuera!   

Corro las cortinas y la dejo entrar. Y me duemo mirándola creando historias que nunca voy a escribir. 

¡No, no la voy a dejar afuera!

Me duermo con ella empapándome con su luz haciéndome sentir como cuando mi abuela me daba un beso en la frente antes de dormir.

Somos viejos conocidos. Sé que me va a venir a visitar hasta en mi última noche en la tierra.

©Miguel Angel Morata